Richard fue el primer friki al que fotografié, llegué a San José una mañana de noviembre de 2018 y esperé a que regresara del comedor donde ayudaba. Me abrió las puertas de su casa sin reparo ante la exploración de mi lente que se metería de lleno en su intimidad.
Le conté que el sueño de mi proyecto era hacer fotos en sus cuartos a frikis, esas personas que se rebelaron contra lo convencional y la vida segura manteniendo sus gustos y maneras de vivir por encima de todo. Amantes del rock y el metal, universo de libertad reflejado en las paredes de sus cuartos, en las pieles tatuadas, en su distinguido aire de insumisión.
Si pudiéramos pesar su cuarto el resultado sería muy poco a menos que se pudiera medir el peso de la espiritualidad. Hablamos mucho esa mañana, Richard es un excelente conversador, me dijo: «La música a mí me cambió la vida, en mil novecientos ochenta un marinero trajo unos discos de Kiss y se los compramos, soy fan desde que los escuché. Era una banda prohibida, decían que eran neonazis, imagínate tú, decir eso de Kiss».
Vivía desde los once años solo con su mamá y me cuenta que su rutina era la lectura, escuchar música y las amistades afines.
«Viví en los ochenta la represión contra los frikis, fui mirado mal por estar libre de ataduras, prejuicios y por ser diferente pues yo juzgo y pienso por mí mismo».
A sus cincuenta y ocho años Richard sigue escuchando heavy metal, black metal, lleva el pelo larguísimo y unas pintas frikis. Consecuente con sus gustos y manera de pensar ha seguido el hilo de su libertad aunque el precio haya sido el gesto huraño de la sociedad.
Mientras íbamos hacia la parada en San José para coger el almendrón que me traería de vuelta a mi casa le pedí una frase en la que creyera, me dijo: «La vida es el comienzo de la mentira, la muerte el comienzo de la verdad».