¡Fotógrafa, hazme una foto!”, decido detenerme ante la solicitud de un hombre que me pide una fotografía en plena calle. “Claro que sí, con mucho gusto”, le dije. Mientras preparaba la cámara, complaciente, él transmutó de seductor a desconcertado.
Llevo años escuchando la misma frase cuando trabajo con la cámara en la calle, pero antes no había ido más allá de devolver una sonrisa… o nada.
Esa vez decidí hacer la foto. Ante lo inesperado de mi reacción, el hombre se sacó un amigo “de abajo de la manga”. Ahora estamos los tres; ellos sonríen a la cámara y yo estoy cómoda ante la situación. La idea de entregarme al juego y hacer una serie me resulta fascinante.
Me sorprende esa entrega de la vida privada a una desconocida. Es lo que más me gusta de la serie. Me deslumbra el territorio espontáneo de lo humano que la fotografía acoge. Ese lenguaje de gestos y miradas cuenta fragmentos de un país que, definitivamente, me seduce si sonríe.